Por: Javier Muñoz H
¿Los barrios? Barrios como cualquier otro, otro que esté lejos del centro de la capital caucana.
¿La gente? Gente común y corriente.
Llegamos al comando de policía de Bello Horizonte. El agente que me transporta, se bajó a saludar a su ‘mayor’ y, a mi parecer, a pedir permiso para poder buscar lo que puede quedar de pandillas en el norte de Popayán.
La noche es más fría en esta parte de la ciudad. Aquí no hay farolitos ni casas coloniales surcando las calles; solo hay vecinos con las luces prendidas, quienes desde las puertas siguen con su mirada el paso de las dos motos de los policías, hasta donde sus ojos se los permiten.
Son las ocho y treinta, hora precisa para encontrar a los jóvenes de alguna pandilla, porque “a esa hora los muchachos salen a pararse en las esquinas, antes de irse a rumbear” explica el agente López, conduciendo su moto a treinta kilómetros por hora, y volteando a ver a los andenes para confirmar su teoría.
Los medios locales han estado informando de ciertos sucesos que inquietan a la ciudad: robos, atracos, e inclusive asesinatos, como el caso del joven asesinado al norte de Popayán por robarle su celular. Pero ningún medio aborda la problemática de informar más allá de la chiva noticiosa, y si lo hacen no les interesa diferenciar, para la opinión pública, las acciones provenientes de pandillas frente a las que son producto de la delincuencia común. Gran desinformación de los medios, explica la policía de pandillas, “porque a veces sale un grupo de cuatro o cinco muchachos a cometer un delito y ya se les tilda de pandilleros, o se les asocia con alguna pandilla a la que no pertenecen”, lo que crea enemistad de las verdaderas pandillas hacía la sociedad, amenazando la aceptación de los proyectos de resocialización que se les ofrece. Leer resto del artículo »